lunes, 28 de diciembre de 2009
Encuentros en la tercera frase (I)
No me considero especialmente cinéfilo ni de lejos, pero se me ha ocurrido, aunque tampoco sea ello nada nuevo, recopilar de vez en cuando en alguna entrada frases aparecidas en algunas de mis películas favoritas.
Sentencias que me parecieron certeras, graciosas, pertinentes o sugestivas.
Sin ánimo de pontificar, lógicamente.
Al fin y al cabo, el criterio elegido es personal, es decir, que me gusten a mí.
- Dentro de mil años no habrá ni tíos ni tías, sólo gilipollas (Mark Renton observando el ambiente de una discoteca londinense, "Trainspotting")
- Bueno, vamos a llevarnos bien porque si no van a haber hondonadas de hostias aquí, ¿eh? (Pazos disertando frente a Fátima en una tensa negociación de mafiosos, "Airbag")
- Hay que ver lo simpática que se pone la gente cuando les invitas a drogas (secundario reflexionando tras una encerrona toxicómana, "Gente Pez")
- Al principio utilicé la esteganografía de Tritemio. ¿Ha leído usted a Tritemio? (Padre Ángel Berriartúa dialogando con un jefe de departamento de El Corte Inglés, "El día de la bestia")
- Aristócratas prusianos, valiente montón de mierda... (Sargento Steiner enfrentándose verbalmente al Capitán Stransky en un barracón de la Wehrmacht del Frente del Este, "La cruz de hierro")
domingo, 27 de diciembre de 2009
Consenso e ideología en la Transición política española

El autor comienza el análisis de un tema tan complejo y dinámico como es el del estudio de la Transición española recurriendo al manejo de ciertas teorías filosóficas que le vendrán posteriormente como anillo al dedo para explicar algunos aspectos del proceso político señalado.
El punto de partida será el concepto weberiano de racionalidad sobre el que Jürgen Habermas comenzará a cimentar sus teorías comunicativas. En el marco de estas bases constata el desacoplamiento existente entre el mundo de la vida y los sistemas. Para él, la integración social (mundo de la vida) se alcanza mediante un acuerdo racional asegurado normativamente o conseguido a través del lenguaje, de la acción comunicativa, mientras que la integración sistémica se logra mediante la conexión funcional de los efectos colaterales agregados -no pretendidos- de las acciones particulares de los actores, efectos ajenos a la acción de éstos. Habermas observa una colonización del mundo de la vida por parte de los mecanismos sistémicos cuyo caldo de cultivo se forma en las sociedades del capitalismo tecnológico. Las instituciones del Estado de derecho tendrán que ser las encargadas de frenar estas dinámicas y de fomentar la fluidez comunicativa en todos los ámbitos de la sociedad.
El siguiente análisis que Oñate aborda es el de los problemas de la comunicación, entrando ya a avanzar algunos de los que posteriormente se harán patentes en los mecanismos de diálogo implementados durante la Transición. Pero nuevamente se retorna poco después en esta primera parte del libro al recurso a las teorías de la acción deliberativa habermasianas para, a partir de la aceptación de la necesidad de establecer discursos y consensos racionales, retomar la cuestión del papel que han de jugar los actuales Estados democráticos en la generación de procesos comunicativos libres que entroncan con un ideal republicano al que el autor alemán se siente cercano como aspiración también superadora de los overlapping consensus rawlsianos.
En la última parte de este recorrido teórico conceptual que da inicio a la obra el autor se centra en ahondar en las caracterizaciones de algunos modelos de democracia, de los que irá enumerando sus pros y sus contras para, finalmente, apostar por una retroalimentación comunicativa deseable entre la sociedad civil y las instituciones del sistema político.
En los siguientes capítulos Oñate ya pasa al terreno del análisis de la situación sociopolítica de la Transición española, para el cual le serán útiles los elementos y conceptos sobre los que versaban las primeras páginas del libro.
El primer acercamiento al ámbito espacio-temporal de estudio consiste en la enumeración de los actores políticos más relevantes que influyen en él: los grupos del régimen, los de la “semi-oposición” y los de la oposición, concitando una mayor atención en ese conjunto el PSOE y el PCE, por razones de presencia y relevancia.
Matizando las distintas posiciones existentes en el seno de las distintas estrategias que se urdieron para encarar el proceso de transición, se van a confrontar el modelo que abogaba por la “reforma” y el que apostaba por los planteamientos de la “ruptura”. Estas posiciones, con sus dosis de maximalismo inicial irían modificándose en el marco de los procesos de negociación y de institucionalización de las diversas estructuras políticas españolas de la segunda mitad de los setenta y fue entonces cuando la oposición partidaria en los albores de la Transición de la ruptura comenzó a optar por la “ruptura pactada”, concepto relacionado con las denominadas falsas identidades que conllevaba a medio plazo la consecución de los objetivos formales de la ruptura democrática partiendo de operaciones reformistas efectuadas sobre las instituciones del régimen franquista. La legalización de los partidos y la inminente convocatoria de elecciones favorecieron la consolidación de esta vía de acceso a la democracia, suponiendo también un golpe de efecto por parte de la iniciativa del gobierno de Adolfo Suárez, que lograba hacerse con el control de la agenda política del momento merced a sus hábiles y prometedoras maniobras políticas.
La aceptación por parte de la oposición democrática de las reglas del juego pactadas con el gobierno conllevaría otro costo más para las fuerzas encuadradas en esa opción política y éste sería la desmovilización por parte de las mismas de la sociedad civil a la que, conscientemente, se desarticularía en la medida de lo posible a fin de que no ejerciese ningún tipo de influencia en la Transición.
Por otra parte, la articulación de la derecha y el centro político en el marco del naciente sistema de partidos que se preveía nos ofrece dos ejemplos dispares: el de una AP que se instaló en posiciones claramente derechistas en el mismo (visión que fue confirmada y ampliada por el electorado) y el de UCD, que partiendo de la observación de un amplio espectro de electores moderados, optó por configurarse como un partido con un mensaje etéreo y múltiple en el que se esperaba que se viesen reflejados una ingente cantidad de electores. A la vista de los resultados, ese deseable presagio para los centristas se cumplió con creces en las elecciones de 1977 y 1979.
La última parte de este resumen se refiere a lo tocante al proceso constituyente que culminaría en 1978 y que tendría su posterior continuación en las aprobaciones de los Estatutos de Autonomía correspondientes a las Comunidades Autónomas españolas.
En primer lugar, se analiza cómo influyeron la proximidad de este evento y sus avatares en el acontecer de cada partido, ya que afrontar esta responsabilidad les supondría renuncias programáticas y reflexiones internas.
Además de señalar las cuestiones ideológicas más relevantes que se manifestaron durante el proceso constituyente, el autor se encarga también de visualizar las fases negociadoras que marcaron el devenir de la realización de la Carta Magna. Se distinguen, por orden cronológico: la fase de aproximación entre las preferencias de los distintos grupos representados en la Ponencia Constitucional, la caracterizada por la imposición de las de AP y UCD mediante al recurso a la “mayoría mecánica” que habían consolidado y la del consenso final entre centristas y socialistas, que trataba de enmendar las carencias de la anterior por lo que respecta a la representatividad de la diversidad de los miembros de la Ponencia. Por su carácter simbólico y crucial el texto no soslaya tampoco los debates que en este contexto se dieron acerca de las cuestiones relativas a la Corona y a la organización territorial del Estado.
A modo de conclusión, ha de señalarse, retornando al recurso al universo conceptual que se mencionaba al principio del resumen, que los representantes políticos apostaban por la adopción de los presupuestos dialógicos para la toma de decisiones, pero que coyunturalmente la situación en la que se enmarcan estos hechos distaba de ser la que Habermas consideraría como la propia de una “comunidad ideal de comunicación”, ya que el diálogo no era irrestricto, estando limitado por las amenazas golpistas de los sectores involucionistas del Estado, radicados mayoritariamente en el seno del Ejército.
La noción de esa peligrosidad fomentó el consenso (semejante al paradigmático en la obra de Rawls) sobre la necesidad de superar los antagonismos de antaño escenificados de forma trágica en la Guerra Civil española, pero a juicio del autor no se ha de extrapolar como un acuerdo en condiciones igualitarias que plasme una posición firme y unívoca sobre el modelo o vía democrática que se eligió en aquel momento.
sábado, 26 de diciembre de 2009
Felices dieciséis

Un filme imprescindible para los que disfrutan de las tramas a pie de calle, desbordantes de las aristas de una existencia desequilibrante y un estado de ánimo rayano en el melodrama.
Otra producción de Ken Loach que entronca con la inestabilidad de una working class a la que el stablishment envía al extrarradio urbano y, por ende, de la sociedad.
El habitual cine de compromiso social del director se aliña en esta ocasión con una historia intimista y conmovedora, la de un imberbe antihéroe que se da de bruces con el statu quo en su denodada búsqueda de un futuro digno para su familia.
Por otro lado, volvemos a ver una magnífica descripción del ambiente del suburbio británico y del modus vivendi de los hampones autóctonos. Sórdida mezquindad a caballo entre el hogar desestructurado, el gimnasio y la discoteca con la frenética circulación de papelas como hilo conductor.
No menos interesante resulta la disección que Loach efectúa de la subcultura chav, el equivalente de los canis hispanos. Obsesión por la ostentación, carencia de reivindicaciones y pedigrí de barriada bajo un armazón del último grito en ropa deportiva y algún complemento Burberry.
Tan lejos y tan cerca, Loach fabrica una película que logra generar empatías y nos traslada directamente a la refriega con los chungos del barrio al grito de "hey you!"
domingo, 29 de noviembre de 2009
El nacionalismo moderado vasco (I). Orígenes y precedentes.

Este texto tiene como objeto de estudio el nacionalismo moderado vasco. La elección de esta locución para denominar el tema que va a ser analizado en las siguientes páginas ya indica de por sí la existencia de otras variedades de nacionalismo vasco que obligan a especificar a cuál de ellas nos vamos a referir, siempre que, como en este caso, no se pretenda abarcar el estudio del nacionalismo vasco en todas sus vertientes.
El formato y la amplitud de este trabajo aconsejan centrarse en la corriente troncal del nacionalismo vasco por diversas razones. Una vez elegida esta opción para realizar una aproximación fértil al fenómeno, lo ideal es iniciarla partiendo de sus orígenes para ampliar posteriormente los conocimientos sobre el mismo en virtud de criterios de relevancia y continuidad. Esta elección nos lleva a decantarnos por una visión del nacionalismo vasco centrada en la herencia que Sabino Arana, la figura emblemática de este movimiento, lega a su más importante obra política, el Partido Nacionalista Vasco (PNV), después de recibir una serie de influencias que coadyuvarán a informar la génesis de su ideario nacionalista.
El PNV, como elemento transversal al nacionalismo vasco durante toda su existencia, va a ser el nexo que servirá para ordenar la sincronía de la historia de este movimiento, sin que ello obste para que se mencionen y se hagan constar las relaciones e influencias entre el PNV como paradigma del nacionalismo moderado y las otras dos versiones de la ideología nacionalista vasca desgajadas de su tronco común y que José Luis de la Granja califica como moderada y heterodoxa .
ORÍGENES Y PRECEDENTES
En primer lugar, es conveniente aclarar que el nacionalismo vasco como movimiento político nace con Sabino Arana, quien lo dotará de una ideología y unas infraestructuras mediante las que desarrollarse. Sin embargo, cabe señalar la existencia de una serie de antecedentes que contribuyen a la aparición de esta ideología.
Durante los siglos XV, XVI y XVII una serie de escritores, entre los que se encontraban García de Salazar, Poza o Garibay, pusieron en circulación una serie de mitos con regusto de axiomas históricos sobre el origen del pueblo vasco, de su lengua y sus Fueros, tales como los referentes al tubalismo, el vasco-iberismo, el vasco-cantabrismo, la independencia originaria y el monoteísmo primitivo de los vascos, el origen pactado del Señorío de Vizcaya o el igualitarismo vasco, que con el tiempo han sido utilizados para legitimar el régimen foral como componente esencial del particularismo vasco.
Tesis como la que defiende que los vascos son los únicos descendientes de los antiguos iberos que poblaron originariamente la península o la que afirma la universal hidalguía de los naturales de los territorios vascos permitirán a posteriori la apología de una especificidad vasca fundamentada en argumentos históricos, a pesar de las refutaciones de estas teorizaciones que se han dado a conocer desde el siglo XIX.
La solución adoptada por la corona y las villas vizcaínas y guipuzcoanas para poner fin a los conflictos banderizos medievales supuso la extensión de la hidalguía a toda la población originaria de estas provincias, conformando unas comunidades monoestamentales en un contexto peninsular marcado por la disparidad jurídica. La pervivencia de estos ordenamientos refuerza la creencia en el imaginario nacionalista vasco en una desemejanza original con los españoles. Hay que apuntar también que, es clave en la vigencia de los Fueros hasta el siglo XIX la debilidad intrínseca de los recursos empleados por el Estado liberal español en su proceso de nacionalización.
Una primera consecuencia extraíble de esta tradición jurídica vasca es el fundamento racista de la nobleza y el igualitarismo vasco, ligados estos conceptos, al igual que la concepción castellana de los mismos, al origen solariego.
Los argumentos anteriores adquieren gran consistencia y calado en la obra tardíamente publicada del jesuita Manuel de Larramendi, que durante el siglo XVIII defendió fervorosamente los fueros y la nobleza universal de los guipuzcoanos (obsérvese ya aquí el sustrato provincialista del fuerismo vascongado, también característico del nacionalismo que estaba por llegar). Este autor, que algunos ideólogos del nacionalismo moderado reivindican como precursor de Sabino Arana, da la clave de la interpretación fuerista que se sitúa en las puertas del nacionalismo, exponiendo la posibilidad de la independencia conjunta de las provincias vascas frente a la amenaza de que resulte vulnerado el régimen foral por parte de la monarquía castellana. Además, son reconocibles en el ideario larramendiano una serie de rasgos que él considera de una manera prerromántica como autóctonos e inherentes a los vascos (religión, costumbres, lengua, folklore…) y que constituyen el semillero básico de cualquier nacionalismo que se precie.
Ya inmersos en el siglo XIX, hay que constatar que a lo largo del mismo coinciden tres coordenadas que contribuyen a la aparición del movimiento nacionalista: a nivel cultural e ideológico, la literatura fuerista; a nivel político, las guerras carlistas (1833-1839 y 1872-1876) y las subsiguientes aboliciones forales (1839-1841 y 1876-1877); a nivel económico-social, la revolución industrial de Vizcaya, considerada el factor fundamental por la nueva historiografía vasca.
La escritores fueristas, insertos muchos de ellos en la tradición literaria del romanticismo tardío, utilizarán la historia al servicio de la leyenda con la finalidad política de defender los restos de los Fueros que se hallan en peligro de desaparición, ensalzándolos y mitificándolos. A este patrimonio literario hay que sumar la labor vasquista que a posteriori llevarán a cabo dos grupos político-culturales como la Asociación Euskara de Navarra, que con Campión como figura más señera implementará una intensa promoción del vascuence y la bilbaína Sociedad Euskalerria. Los fueristas navarros hicieron ya sus primeros pinitos políticos a fines del siglo XIX, pero su fracaso en este ámbito les hizo centrarse en su faceta cultural, perfilando ya desde esa época las características peculiares del nacionalismo vasco defendido por los navarros, que implica un mayor respeto a la nacionalidad española.
Por lo que respecta a la importancia de las guerras carlistas y las posteriores aboliciones forales como factores que fomentaron el arraigo del particularismo vasco-navarro, es conveniente distinguir la coalición de elementos del campesinado y la oligarquía del ámbito rural que se unen para defender las estructuras socioeconómicas del Antiguo Régimen aún vigentes en sus territorios del fuerismo que nace en las filas del liberalismo moderado y que propugna la existencia secular de un pacto entre los territorios forales y la corona española, pacto que trata de reconvertir una vez que la Monarquía absoluta ha sido sustituida por la Monarquía constitucional. Una diferencia notoria con el nacionalismo aranista es que el fuerismo no cuestiona su pertenencia a la nación española, no reivindica un Estado independiente.
Otro antecedente contextual es el que supone la revolución industrial acometida en Vizcaya. La gran burguesía enriquecida vasca que se incorporó a los partidos dinásticos de la Restauración sustituyó a los antiguos notables que controlaban las instituciones forales como clase dominante. Esta burguesía se aprovechó grandemente de la autonomía económico-administrativa aprobada por Cánovas en 1878 para llevar a cabo una intensa acumulación de capital, nutriéndose para ello también de la contratación de un amplio contingente de mano de obra inmigrante.
Estas circunstancias, junto al retroceso de la religión católica, de las costumbres tradicionales y de la lengua vasca en el hinterland de Bilbao, hicieron reaccionar a sectores de clases medias o pequeña burguesía urbana con postulados ruralistas y antiindustrialistas: frente a la imagen negativa del Bilbao industrial, el modelo del caserío, donde se conservaban puras las esencias de la sociedad tradicional. Como rechazo a esa industrialización, a la oligarquía liberal y a los obreros foráneos socialistas, nació el primer nacionalismo vasco, impregnado de una mentalidad de carácter tradicionalista e integrista. En estos dos últimos adjetivos citados se puede rastrear la herencia carlista que recoge el nacionalismo vasco, merced también a la ideología juvenil de su epicentro Sabino Arana. Tras la derrota de 1876 el carlismo se sume en una crisis en la que se produce el abandono de buena parte de sus bases y la división del movimiento protagonizada por los “neos”, que se integran en el sistema de partidos canovista y los integristas, que abanderados por el lema de “Dios y Patria” anteponen la cuestión religiosa a la dinástica. También destacaron otros carlistas, que por sus inquietudes forales o regionales se unieron a los nacionalismos emergentes en la Península Ibérica. Este caso es el de Sabino Arana, que, por otra parte, se sentía cercano al integrismo por las posiciones regionalistas de éste y también priorizaba como los integristas la trascendencia del hecho religioso.
domingo, 22 de noviembre de 2009
Desde que no nos vemos (Enrique Urquijo y Los Problemas)
No es norma de esta página introducir dos vídeos musicales seguidos, pero en esta ocasión la circunstancia está más que justificada.
Esta semana que agoniza nos trajo la efeméride del décimo aniversario del fallecimiento de Enrique Urquijo. Con Los Secretos patentó un estilo intransferible que encadenó a la perfección amor, desazón y embriaguez, aunque yo, por razones de edad, lo recuerdo más liderando Los Problemas.
Sirva la canción linkada de modesto homenaje, junto al acopio de un par de emotivos textos encontrados en ABC:
Enrique Urquijo: en un rincón del alma (Manuel de la Fuente): http://www.abc.es/20091117/cultura-musica/enrique-urquijo-rincon-alma-200911162005.html
El milagro de una canción (Carlos Marzal): http://www.abc.es/20091117/opinion-firmas/milagro-cancion-20091117.html
martes, 17 de noviembre de 2009
Las siete menos cuarto (Los Pistones)
Largas tardes de pubertad buscando recopilatorios ochenteros para grabarme mis propias selecciones y recrear el sucedáneo de un tiempo que imaginaba mejor para la juventud que el que me tocó vivir.
Como tantas tardes, te olvidaste de llamarme...
Tan jóvenes y tan viejos.
sábado, 7 de noviembre de 2009
Me sustraen mi ABC!
El deceso del gran actor José Luis López Vázquez me trae a la memoria la genial escena de Torrente II en la que el indignado e histriónico hombrecillo al que interpreta recurre al Brazo Tonto de la Ley para descubrir a los vándalos que ultrajan el jardín de su residencia.
Aunque dominaba muchos más registros, José Luis López Vázquez destacó en su plasmación de personajes avinagrados, naftalinizados y burguesmente decentes, productos de una época a caballo entre los valores del nacional-catolicismo y las ínfulas de la tecnocracia.
Ese Valle-Inclán del audiovisual moderno que, heréticamente, considero a Santiago Segura sabe bien que un esperpento que resulte creíble para la working class requiere roles castizos, estereotipos germinados auténticamente a pie de calle. Sólo los actores de raza y con las tablas que únicamente la vida confiere pueden encarnar ese chusquerismo social, mínimo común múltiplo en todos los estratos sociales de las masas en rebeldía que preconizó Ortega y Gasset. Si Segura acertó recuperando a Tony Leblanc, tampoco falló con nombres como Gabino Diego o Antonio de la Torre.
Decía Enrique San Francisco que sin una existencia mínimamente agitada y emotiva uno podía correr el riesgo de empuñar una pistola en escena como el que blande un juguete.
El alter ego de José Luis López Vázquez se irritaba especialmente ante el policía José Luis Torrente (esa chusma ya no pertenece al cuerpo, solían contestar malhumorados los agentes del orden oficiales) porque los profanadores de su jardín particular se cebaban con él sacrílegamente hurtándole su ABC.
"La información objetiva es fundamental", respondía el policía colchonero.
Esta irónica escena me sirve de nexo para plantearme cómo se han instalado en la mente del populacho determinados estereotipos como los anteriormente reseñados.
Nunca la transgresión social resultó tan barata y relajante como hojear el ABC distribuido gratuitamente en la Escuela Oficial de Idiomas en el vagón del metro y sentir las miradas penetrantemente prejuiciosas de los compañeros de viaje.
Con lo cómodo que resulta leer un diario con grapas.
No te hacen sentir como si financiaras determinado vuelo del Dragon Rapide sino que te permiten más bien adoptar una pose aristocrática, al estilo de un incomodador Álvarez-Solís con bastón.
Gajes del maniqueísmo bienpensante en el que se haya instalada nuestra joven y corrupta democracia.
Y lo dice uno que prefiere de largo, retomando la necrológica, las españoladas al españolismo.
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